La final del caballo blanco

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Cuando el fútbol aún guardaba la esencia que le hizo ser el deporte de masas, Inglaterra se vestía de gala para celebrar la final de la FA CUP, una competición que guarda el espíritu inglés combatiente y aguerrido que tanto nos ha contagiado a los amantes del fútbol anglosajón. Corría la temporada 1923-1924 e Inglaterra, la cuna del deporte rey, acogía una de las historias más maravillosas y místicas que se recuerdan.

Mientras en la temporada regular el título de liga (First Division, que años después pasaría a llamarse “Premier League”) se lo disputaban el Huddersfield Town -primer equipo que conseguiría adjudicarse 3 títulos consecutivos de la liga inglesa- y el Cardiff City, un club de fútbol que a pesar de ser de Gales siempre ha militado en divisiones inglesas, en los aledaños del mítico Wembley se cocinaba una de las historias más dispares y maravillosas que nos ha dejado el fútbol en sus varios siglos de leyenda.

Además, el acontecimiento recogía la inauguración de la que es considerada como “la catedral del fútbol” –aunque para nosotros tal distinción pertenece, al menos emocionalmente, a San Mames- según el rey del deporte brasileño. Un estadio que ha vivido desde la final de la Copa del Mundo de 1966, al gol que cambió la vida del barcelonismo en la final de la Copa de Europa de 1991 con Ronald Koeman como protagonista indiscutible.

En los prolegómenos del partido nadie se atrevía a aventurar que George Scorey, un policía británico, firmaría una de las páginas más rocambolescas de la historia del fútbol mundial. Mientras Wembley se preparaba para que el balón fuera el protagonista, los aledaños del Estadio poco a poco comenzaban a llenarse de cánticos y aficionados. El aforo de 125.000 personas pronto comenzó a quedarse corto y la gente empezó a estacionarse sobre el césped de Wembley.

Lo que empezó siendo motivo de fiesta tenía visos de acabar en tragedia. Más de 200.000 personas habían conseguido entrada para la final, en un ejemplo de falta de reglamentación y rigurosidad que aún con el paso de los años parece no poder solucionarse todavía en algunos estadios de Sudamérica o África. Muchos se preguntarían porque una final que enfrentaba al Bolton, un equipo de la First Division con el West Ham, uno de la Second Division generó tanto espectáculo. Lo cierto es que las autoridades inglesas temían ferozmente la falta de afluencia de público, ya que las finales celebradas en Stramford Bridge no habían generado demasiada expectación. Así pues, la maquinaria propagandística inglesa se puso en marcha y, lo que parecía que iba a ser un escenario asolado y vacío terminó siendo una absoluta fuente de forofos dispuestos a que la lluvia de fútbol les cogiera con el paraguas roto.

La hora del comienzo se acercaba y los rumores de suspensión comenzaban a acrecentarse conforme pasaban los minutos. Los aficionados colapsaron las entradas y derribaron las puertas cuando las autoridades entendieron que debían prohibir el acceso. Los jugadores del Bolton no pudieron llegar en el vehículo hasta el estadio y tuvieron que atravesar las mallas de la multitud en pos de acceder a un Wembley repleto de aquejados aficionados que compraron una entrada y colapsaban el césped. Llegó el rey Jorge V a Wembley y la multitud que por entonces abarrotaba de quejas el corazón del estadio, pronto ayudó a desalojar la verde hierba de Wembley, al tiempo que elevaban al cielo con profunda satisfacción el “God Save the King” de Jean Baptiste Lully, himno nacional de la Familia Real británica.

Pero justamente cuando corría el rumor de suspensión, entre la guardia inglesa emergió la figura de George Scorey, un policía británico a lomos de Billie, un corcel gris que fue bautizado como blanco debido a que las únicas fotos que se guardan del partido se hicieron en blanco y negro. Scorey fue haciendo constantes rodeos y el público, preso de la admiración y lo disparatado del momento, fue desalojando el césped, formando un muro infranqueable situado justo detrás de la cal.

Después de 45 minutos de retraso el partido, que ya sin comenzar tenía tintes de épica, empezó entre los gritos de la multitud gracias a Scorey, que se emergió como líder inesperado de una final antológica. El encuentro en sí quedo absolutamente eclipsado por sus prolegómenos, y el Bolton se llevó la victoria gracias a un gol de David Jack y otro de Jack Smith. Aunque parezca que todo acabó ahí lo cierto es que el gol de David Jack -el primer gol de la historia del fútbol en Wembley- guardó también tintes rocambolescos.

Jack Tresaden -la historia va de Jacks- jugador del West Ham United se perdió entre la multitud y no pudo volver al campo hasta minutos más tarde, tiempo que aprovechó David Jack para fusilar las mallas de Wembley mientras dejaba sin conocimiento a un aficionado que descansaba sus ojos tras la portería del Bolton. El segundo gol lo marcó Jack Smith tras una serie de ayudas injustificadas que reclamaron los jugadores del West Ham pero ante las que el árbitro de la contienda hizo caso omiso. Al parecer varios aficionados del Bolton ayudaron a que la pelota no saliera del rectángulo de juego en la jugada de gol, amén de haber confusiones en si verdaderamente entró la pelota.

El partido finalizó con la imagen de Jorge V entregando la copa de campeones a Joe Smith. Comenzó a gestarse la historia del mítico estadio inglés, y entre llantos de nostalgia aún se recuerda la figura de George Scorey, el policía inglés que evitó la suspensión de la final a lomos de su corcel Billie. Una final antológica. La final del caballo blanco.