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Los setenta y uno de Montpellier

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1990. 25 de octubre. Y en Francia la vida discurría con normalidad.

En los encabezados del día sobresalía que Ismail Kadare, el escritor más famoso de Albania y bautizado como el “García Márquez balcánico”, había solicitado asilo en el país gálico. Aunque fue colaboracionista con el régimen de Enver Hoxha durante su juventud; su crítica hacia la falta de apertura del sistema durante la década de los ochenta tras la muerte del gobernante -potenciada aún más por el comienzo de la caída de los regímenes totalitarios en Europa del Este- llevó a que el escritor e intelectual albanés buscara un atrio parisino desde el cual cuestionar la falta de reformas en su país. Eran días en los que Europa todavía tenía fresco el olor a hormigón derribado. Días en los que parte de la arrogancia académica afirmaba que se había acabado la historia.

Pero ahí, perdida entre los párrafos de la situación por la que pasaba ese ser humano, se encontraba la de otros setenta y uno. Una nota marginal, colocada en ese lugar como para no dejar pasar la oportunidad de informarla. Setenta y un aficionados del Steaua Bucarest de Rumania no habían emprendido el regreso a casa. Mientras uno dejaba su país porque el régimen no había caído, otros lo dejaban aprovechando que el régimen había finalizado. Las contradicciones de la vida, a veces, y sólo a veces, llevan a los mismos resultados.

Un día antes, en el Stade de la Mosson, ante 19 mil personas y con un aguacero torrencial, el Montpellier recibía al Steaua por la ida de los octavos de final de la ya extinta Recopa europea. El cuadro galo, encabezado por un joven Laurent Blanc y por Carlos “El Pibe” Valderrama, terminaría venciendo 5 a 0 a los rumanos. La vuelta, dos semanas después en Bucarest, acabaría 3 a 0 a favor francés. Ese 8 a 0 global marcaría el fin de una época gloriosa para el conjunto de los Cárpatos, que incluyó varias ligas consecutivas y dos finales de la actual Champions League, ganando la de 1986 frente al Barcelona y perdiendo la de 1989 frente al Milan. En el equipo que jugó en Montpellier sólo quedaban Ilie Dumitrescu –quien a posteriori jugaría en México para el América y el Atlante- y Dan Petrescu como grandes referentes. El fin de una era.

Esa noche del sur de Francia, una vez acabado el encuentro, los cien aficionados rumanos que habían hecho el viaje tenían que presentarse en el aeropuerto para tomar el vuelo chárter de regreso a casa. Pero sólo se presentaron veintinueve.

¿Qué pasó con los otros setenta y uno? Por lo pronto, veintidós de ellos se presentaron en la oficina de inmigración e integración de la ciudad, solicitando asilo político. Los otros cuarenta y nueve, según la rumorología del día, partieron en tren hacia Lyon y París. De lo que sucedió con ellos, tanto los solicitantes de asilo como los que supuestamente escaparon hacia el norte, no se sabe absolutamente nada.

Al final, sólo queda hacer conjeturas con base en la historia.

Para 1990, y con Ceausescu muerto, Rumania entraba en su etapa democrática. El Frente de Salvación Nacional (FSN) de Ion Iliescu tomó el poder a la caída del general y emprendió un camino de reformas democráticas y de libre mercado parciales. Dicho frente estaba conformado por disidentes dentro del Partido Comunista rumano, así como disidentes civiles que nunca habían pertenecido al mismo. Sin embargo, los opositores más radicales acusaban a dicho frente de contar con muchos miembros de confianza de Ceausescu, por lo que no reconocían al gobierno nuevo como válido. A pesar de eso, en votaciones el FSN ganó indiscutiblemente –por falta de op(osi)ción- y gobernaría Rumania por dos años.

Pero como es sabido gracias a la historia, cuando en un nuevo gobierno existen viejos burócratas que por conveniencia se presentan a sí mismos como disidentes de toda la vida, el resto tiene que tomar uno de tres caminos: declarar lealtad y añoranza al régimen pasado, proferir simpatía a los viejos con cirugía plástica, o ser auténtica oposición. Puede ser que los hinchas del Steaua que huyeron a Francia eligieran la primera o la tercera opción.
El Steaua de Bucarest es el equipo más ganador y popular de Rumania, y en sus orígenes fue el club de la armada rumana. Fue también el club predilecto de Nicolae Ceausescu y familia; y muchos aficionados, como era de esperarse, eran miembros del ejército rumano: desde el Líder Máximo hasta cualquier joven recluta. Abundan las historias –nada disparatadas- de que el Steaua ganó varios títulos locales por decreto del General Ceausescu. Sin embargo, también es cierto que la generación que tuvo en los ochenta era espectacular, y la Champions League obtenida en 1986 fue más que merecida.

Esto puede ser no más que una explicación sobre el porqué esos aficionados al Steaua decidieron no volver. Quizás unos eran auténticos opositores a que en el gobierno siguieran antiguos comunistas; mientras algunos otros puede que hayan sido fieles creyentes del régimen comunista anterior. Dichas posturas, diametralmente opuestas, al final tendrían sólo dos cosas en común: su amor al Steaua y el hecho de ser –en la teoría o en la práctica- acosados por una nueva élite gobernante que no aceptaban y con la que tenían deudas pendientes. Las contradicciones de la vida, a veces, y sólo a veces, llevan a los mismos resultados.

Pero también puede ser que los solicitantes de asilo hayan sido civiles comunes y corrientes que, aprovechando la inestabilidad en el país, esgrimieran el cariz político en su asilo aunque no fuese esa la razón. Puede ser que estos hayan sido migrantes económicos que desde siempre hayan querido fraguarse un destino mejor en el país fetiche de los rumanos (como lo fue para Ionesco). Así, al caer el férreo control al movimiento de población, dichos individuos tuvieron una sola oportunidad para quedarse en Occidente. Quién diría que diecisiete años después Rumania entraría al Occidente geopolítico.

La historia oficial sobre los setenta y uno de Montpellier no es más que una anécdota enterrada en hemeroteca. Una historia más relevante de lo que su abandono muestra. Una historia de la cual éste texto trata de sacar hipótesis, por muy básicas que hayan resultado. La historia de, quizás, una de las más grandes defecciones de aficionados deportivos de su país en la historia.